Un día en el parque

Poco a poco vamos perdiéndole el miedo a eso de que nos hagan fotos. Vamos comprendiendo que no necesitamos una excusa como una boda, una comunión, un bautizo o cualquier evento social en el que, como nos arreglamos un poquito más, aprovechamos y llamamos a un fotógrafo para que inmortalice el momento y nos haga un reportaje que nos recuerde el feliz acontecimiento y lo arreglados que estábamos. La excusa empieza a ser que, simplemente, tenemos ganas de que nos hagan un buen reportaje. Porque nos encontramos bien, porque atravesamos un momento vital que queremos recordar, porque nos vemos especialmente guapos, porque, oye, algo se cuece en nuestro interior y lo queremos tener ahí.

Porque intuimos que hay algo en nosotros que no estamos viendo y sabemos que la cámara nos lo va a mostrar, porque nunca vamos a ser tan jóvenes ni tan guapos como lo somos ahora, porque queremos demostrarnos que la cámara no es el enemigo por mucha vergüenza que nos dé plantarnos delante de ella.

Por mil motivos cotidianos. Porque nos apetece.

Porque, como en este caso, nuestros niños están en una edad estupenda y empiezan a crecer y queremos tener unas buenas fotos de ellos antes de que les dé demasiada vergüenza y no se dejen pescar para otra como ésta.

Hace un par de meses una tía abuela me llamó porque quería hacerle una sesión a sus ¡ocho sobrinos-nietos! A todos juntos, en plan tropa. Pensé: “ocho niños de diferentes edades cada uno corriendo en una dirección y atento a su propia imaginación, esto va a ser una odisea”. Pero resulta que fue divertidísimo, porque los peques me siguieron el rollo en todas las bromas y como el ambiente era muy distendido y se animaron con todas las sugerencias que les propuse, pasamos un rato fenomenal los niños, los padres, la tía abuela y servidora. Saltaron, corrieron, se tiraron hojarasca, ¡incluso posaron! Fue una mañana maravillosa que disfruté como una enana.

Os dejo una mini-mini selección de fotos de los mayores, que me gusta especialmente porque ya tienen “esa mirada”, la de niños que empiezan a ser personitas, niños que se saben responsables de estar alcanzando una edad en la que imaginan que ya se les puede empezar a tratar de “don” y “doña”. Esa mirada dulce, serena y aún inocente. Esa mirada de saber que ya les toca cuidar de los pequeños. Me enamoran esos ojos, amigos.

Si os ha gustado la pequeña muestra de fotografías y se os ocurre que os apetece algo parecido para vuestros propios chicos, ¡contactad conmigo aquí!

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